Vivimos en la sociedad dicotómica de lo bueno y lo malo, de lo remunerado y lo no remunerado, de lo público y lo privado, del hombre y la mujer.

Vivimos en un mundo jerárquico patriarcal que se encarga de dar valor a una forma de vivir y no a otra, de dar valor a una parte de la sociedad y quitárselo a la otra mitad.

Este formato de valores es decidido desde una perspectiva única, en la que parece no tener cabida otra voz. La sociedad así contemplada, se olvida de la diversidad de las personas, de la complejidad de las situaciones y circunstancias, no es flexible ni abierta, no comprende, no escucha, sólo establece mandatos y genera creencias, no es real.

La realidad en la que vivimos es variada, plural, heterogénea, tiene colores diversos.

Nos hemos centrado en el blanco y negro, olvidándonos así del resto de la gama cromática.

Para la OMS, el género son los roles socialmente construidos, comportamientos, actividades y atributos que una sociedad considera como apropiados para hombres y mujeres; y según ésta, se establecen de la siguiente manera:

– los femeninos, están relacionados con todas las tareas asociadas a la reproducción, crianza, cuidados, sustento emocional, etc. Relacionados todos ellos con el ámbito doméstico.

– Los masculinos están asociados a tareas de productividad, mantenimiento y sustento económico, principalmente desarrollados en el ámbito público.

Los roles de género plantean una organización determinada de la sociedad y su mantenimiento: las que cuidan y los que son cuidados. Los que son cuidados, “ellos” en su gran mayoría, son considerados como mantenedores de la estructura social, pues se asocia ésta con la producción, debido al sistema social y económico patriarcal en el que vivimos.

Desde esta posición podría parecer una diversificación de roles en lugar de una jerarquización, debido a que cada género parece que mantiene unas funciones determinadas, aspecto que no es real puesto que se dota de unos valores diferentes a unas y otras funciones y, además, el cumplimiento de uno u otro rol se justifica por pertenecer a uno u otro sexo.

Según los estereotipos de género, los cuidados pertenecen a las mujeres.

La palabra cuidar viene de cogitare que significa pensar.

Según la RAE sus significados serían: poner atención, asistir, pensar, mirar por la propia salud y vivir con advertencia respecto de algo.

Hace referencia al estar presente en lo que se está haciendo (rollo mindfullness, como si fuera fácil), para que resulte lo mejor posible, así como entender que el objetivo es la salud y el bienestar propio y de lxs demás, protegiendo a su vez de los posibles peligros.

La palabra “Cuidado” en sí misma es equitativa entre el yo y los otros, además de transmitir una potencia extraordinaria en su ejercicio. Sin embargo socialmente se ha desprestigiado, simplemente por hacerla propiedad de las mujeres y, además, no remunerando su ejercicio en un contexto en que la economía es el valor y el poder.

Se traslada a las mujeres la responsabilidad y obligación moral de los cuidados a los demás, lo que conlleva una carga de tareas extra que dificultan la realización de los propios intereses, el propio cuidado y el disfrute de una vida calmada.

Esta tendencia de las mujeres a los cuidados no viene en los genes sino en los géneros, que se nos inculca desde los primeros años de vida, a través de una socialización diferenciada y jerárquica.

A través de toda esta estrategia de formación social, entramos en un laberinto sin salida o en una duda eterna, entre cuidar o cuidarnos, vivir por y para los demás o por y para nosotras mismas.

En cuanto a esta gran duda entre “dar a los demás” y “darme a mí”, aparecen una inmensidad de problemáticas y malestares en las mujeres, sustentadas principalmente por la Culpa.

La culpa proviene de la realización de enjuiciamiento de una conducta propia, para poder aprender y mejorarla en el futuro.

En cuanto a los cuidados en las mujeres, la culpa aparece cuando nos dedicamos parte del cuidado pues, socialmente nos instruyen para dedicarnos prácticamente todo el tiempo a los demás; de manera que estaríamos cometiendo un fallo que tendríamos que reparar y del que tendríamos que aprender para el futuro.

Volvemos a observar cómo la socialización patriarcal nos sitúa en un lugar de sometimiento desde el cual no podemos prestarnos el cuidado necesario hacia nosotras mismas sin que aparezca ese sentimiento de que “algo estamos haciendo mal”.

Trabajar desde el feminismo, conociendo los mecanismos de socialización patriarcales, nos ayuda a entender cómo se ha ido formando nuestro psiquismo y nos permite tomar decisiones en el presente para decidir desde la consciencia.

Resulta importante trabajarnos y dedicarnos tiempo para conocernos, para poder cuidarnos a nosotras mismas; este es nuestro real deber moral. Esto nos dota de valor y autoestima, aspectos importantes para la salud y el bienestar.

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